Después de un accidente grave casi todas las familias descubren lo mismo, y lo descubren tarde: que quien debe responder dedica más esfuerzo a buscar cómo no pagar que a reparar el daño que causó.
La familia que pierde a alguien no siempre sabe que tiene derecho a reclamar. A quien le niegan el pago no le dicen que esa negativa se impugna. Casi siempre hay algo que hacer; lo que falta es que alguien lo explique a tiempo.
Resarce nació de ahí. No de una teoría sobre la justicia, sino de ver una y otra vez que lo que separaba a una familia indemnizada de una familia olvidada no era la gravedad del daño, sino si alguien le dijo a tiempo qué hacer.
Once años después seguimos dedicados a eso y a nada más. No llevamos divorcios ni arrendamientos: esa es la diferencia entre un despacho que atiende de todo y uno que ve este tipo de caso todos los días.
Por eso trabajamos como trabajamos: explicamos antes de aceptar, tomamos solo los casos que podemos ganar, y no le pedimos un peso a nadie mientras el caso está vivo.
El caso que lo dejó claro
Llegó convencida de que el accidente había sido su culpa. Era ama de casa, tenía 39 años, y recibió una descarga eléctrica en la azotea de su casa.
Nadie le dijo que la instalación arriba de su casa no cumplía las normas, ni que el accidente debía haberse reportado. Durante 7 años cargó con la idea de que se había equivocado ella y que por eso no le correspondía nada.
No se había equivocado. Solo nadie se lo había dicho.